Vacíos
Y lugares en los que guarecerse
La casa está triste.
En realidad, el que está triste soy yo y la casa se limita a recordármelo.
Korma ya no está. Y cuesta asumir que un animal tan pequeño ocupaba un espacio tan grande. Es una sensación rara, esta de dar con todos esos vacíos, ahora que he vuelto y no lo encuentro en sus lugares. Fuimos amigos, fui feliz con ello y eso es algo que cuesta dejar atrás. Qué raro es el nexo que estableces con un ser de otra especie, con un animal que no habla, pero te mira, te busca y te acompaña, mucho más pequeño que tú, pero con una confianza absoluta; al que crías y al que ves hacerse viejo a tu lado. Qué raro, qué difícil de encontrar, porque no siempre ocurre, y qué bonito.
Ayer tuve que hablar en público en Santander, llevaba unas noches durmiendo mal y los últimos dos días no habían ayudado. Llevar a Korma al veterinario, ver, los días anteriores, cómo se iba desvaneciendo, haciéndose casi etéreo, sin perder el cariño ni la mirada cómplice nunca, pero haciendo que solamente quedase una opción. Tomar la decisión y mantenerla. Acompañar. Cerrar ese capítulo, el final de la temporada laboral, el calor, el cansancio, salir yo solo de viaje, las horas de coche en silencio. Todo suma y yo, si tengo que ser sincero, veía venir la tragedia. Ya me quedé una vez en blanco en público, ya tuve el correspondiente ataque de ansiedad, y no me apetecía repetir.
Me senté, la noche previa, en mi cuarto diminuto en el Palacio de la Magdalena -qué privilegio alojarse allí. Y qué sitio tan poco apropiado para querer marcharte- y estuve a punto de salir corriendo, hacer los 500 kilómetros de vuelta y encerrarme en casa. El sentido de la responsabilidad, o el del ridículo, quizás ese “estar educado en la contención” del que hablaba hace poco mi padre en un contexto bastante más simpático que aquel, me hicieron quedarme.
Pero fue, pese a todo, sorprendentemente bien al día siguiente, como si necesitase una válvula de escape que encontré allí durante un rato. Estuve tranquilo, cosa que no siempre ocurre, muy consciente de lo que decía, del ritmo; preocupado, supongo, de que no se me notase el descalabro y despreocupado, al mismo tiempo, porque no había que tomar decisiones ni enfrentarse a nada que no quisiera hacer por primera vez en días. Sólo había que dejarse ir, hablar de algo que conozco y que disfruto. Y funcionó. Fue bueno ver cómo algunas caras, de incomprensión al principio, que probablemente no entendían por dónde iban los tiros con mi charla, se relajaban con el paso de los minutos y sonreían al final. Fue un bonito punto y seguido. Con lo poco que soy yo de creencias y lo que necesito un ritual, un cierre simbólico, un punto de paso, algo que, de algún modo, devuelva las cosas a su sitio.
Ahora sólo quiero descansar. Volver a casa cuesta, porque en cierto sentido es volver a esos pequeños huecos que no sabes que existían hasta que nada los llena. Es complicado, hasta que te asomas a él, entender cómo un vacío tan pequeño puede ser tan enorme. Pero lo es. Y sé, y lo entiendo, que muchos de los que me leáis probablemente penséis que exagero, que son dramitas del primer mundo -y puede que lo sean, en cierto sentido, aunque no estoy muy seguro de ello- pero me temo que esto es un poco como la fe: se tiene o no se tiene. Y yo lo tengo. Para bien, la mayor parte del tiempo. Para mal cuando lo que queda es el duelo y esa incapacidad para sentir que las cosas están bien.
Así que solamente quiero silencio y apagar el teléfono; escribir sobre temas nuevos, comenzar proyectos, no hablar, recuperar la capacidad de centrarme y dejar de vagar. Meter la cabeza debajo del agua y secarme al sol. Tumbarme en un pinar. Cuesta un poco, estos días, por la falta de rutina, la bajada del ritmo de trabajo y la necesidad de reajustar la casa e ir llenando esos vacíos diminutos que lo ocupan todo, pero es lo único que quiero para las próximas semanas.
Estoy leyendo bastante -todo lo que puedo, al menos, porque la concentración es, estos días, algo que no existe- sobre tradición, sobre folclore, sobre creencias y rituales.
Me interesa mucho la narración tradicional. El cuento, en general, pero sobre todo el cuento popular, con sus ritmos y sus dinámicas. Me llama mucho la atención esa forma de explicar el mundo desde la ficción, de imaginar un entorno y de moldearlo a través de relatos. Es algo que me habla de una forma de ocupar un lugar en el entorno, de pensar el alrededor, de tratar de entender lo que no se comprende y de hacer que todo, de algún modo, encaje.
Es una literatura, me doy cuenta, a lo que vuelvo cuando quiero sacarme del medio; es como un lugar seguro que mantiene la mínima relación imprescindible con la realidad. Es así desde que, hace décadas, cuando pasaba el verano con mis padres en Corrubedo, en una época en la que no había internet, ni teléfonos móviles, en la que en el pueblo solamente se sintonizaban, y mal, dos canales de televisión que veíamos a duras penas en una televisión portátil diminuta que mi padre apoyaba en algún mueble que permitiese mover sus antenas buscando la señal, no tenía muchas más opciones. Una época, los primeros años al menos, en la que yo no buscaba hacer amigos, porque mis amigos estaban en otro pueblo al que dejamos de ir y yo sólo quería ir con ellos y estar enfadado con cualquier otra persona, más aún si trataba de proponerme alternativas.
Cada verano me llevaba una mochila llena de libros. Los que cupieran ahí, que eran seis o siete, y alguno más que me compraba en alguna librería-papelería de Ribeira, de esas que ya casi no se encuentran y que vendían libros y, junto a ellos, material escolar, objetos coleccionables, postales, revistas, juguetes, chucherías y hasta regalos. Ese era todo el entretenimiento que había para los días nublados, para las noches y para los ratos muertos en casa, pero para también para las jornadas de playa en las que me alejaba de mis padres y me sentaba en alguna roca, con una toalla cubriéndome la cabeza, a leer.
Allí, donde pasé un mes todos los años entre mis 11 y el momento de independizarme, leí a Tolkien -El Hobbit me ocupó dos tardes, El Señor de los Anillos una semana-, pero antes de eso las Leyendas Tradicionales Gallegas de Carré Alvarellos. Y después, comprado en la papelería Miras de Ribeira, el libro de Marco Polo -y más tarde, de esa misma tienda, el divertidísimo Tras los Pasos de Marco Polo, de William Dalrymple- que se mueve siempre sobre esa línea que separa lo real de lo imaginable. Allí leí, claro, a Bécquer, y a Stoker. A Lovecraft, a Lord Dunsany, a Machen, a Algernon Blackwood. A Poe y el Anacronópete. Y más tarde el ciclo artúrico y sus derivados, de Malory a Felipe Mellizo, de Monmouth al Sir Gawain y el Caballero Verde, que es uno de los libros que más me han impactado en mi vida. Y sagas nórdicas, y la Vida de Carlomagno, el Libro de Silence, la Historia de los Reyes de Britania, la Carta del Preste Juan, las Fábulas y Leyendas de la Mar de Cunqueiro, editadas, por cierto, por Néstor Luján. Todo lo que cayó en mis manos de Borges. Son terrenos en los que la frontera de lo real se desdibuja y en los que lo mítico es posible. Qué maravilla, aquellas ediciones de la vieja Siruela, cuántas noches de niebla me salvaron, arrebujado en mi colcha, con la luz baja de una de aquellas bombillas de filamento, siempre con una potencia un poco más baja de lo necesario, que un día, de pronto, se rompía y te dejaba a oscuras y sin libro hasta la mañana siguiente. Daba para mucho, agosto.
Ese mes era un revoltijo de folclore, fantasía, leyendas tradicionales, mitos, terror clásico y lo que cayera en mis manos. Leí lo que se publicó en los años 20 y 30 sobre las leyendas de la laguna de Carregal, que tenía a un paso, sobre las tropas del caballero Roldán, los barcos romanos convertidos en piedra frente a la costa. Y luego subía, al día siguiente, al Monte Tahume a ver todos esos lugares desde lo alto.
Y eso, supongo, me dejó esta sensación de refugio en todo aquello que no tiene demasiado que ver con la realidad. Es abrir uno de esos libros y volver a estar, en cierto sentido, en el cuartito en el que tiraba un colchón en el suelo y me encerraba durante horas. O en la cama de aquella otra casa a la que fuimos durante unos años, de muros gruesos de piedra, en la que siempre hacía fresco.
Volver a esos libros, a esas temáticas, es suspenderlo todo por un momento, cerrar, aunque solamente sea por unas horas, carpetas en las que no quiero revolver. Cada uno llena los huecos a los que no quiere mirar de una manera, imagino, y esta es la mía. Ya no tengo a Korma haciéndose un ovillo tras mis rodillas, pero me queda el libro.
Por otro lado, es curioso, he vuelto a pensar en ir a restaurantes, algo que hacía unas semanas que no me venía a la cabeza. También, entiendo, encuentro una cierta seguridad ahí, en volver a esos lugares pensados para disfrutar, en la capacidad de sorprenderme o de sonreir con un plato reconocible, amable, que me hace sentir en casa por unos minutos.
Me ocurrió, hace dos días, con la tortilla de bacalao guisado de Casa Farpón, a las puertas de Oviedo. Me pasa cuando pienso el próximo sitio al que quiero ir porque sí, por el placer de ir, por pasar el rato sin pensar en si voy a escribir, en qué quiero contar, en cómo se parece esto a algo que ya he visto. Quise ir a Umma, en Santander, volver a Garbo, aunque luego me faltó tiempo. Ir por ir, por disfrutar, por dejarme arropar un poco, por hacer que la realidad se quede, aunque sólo sea un rato, a la puerta. Para eso sirven los restaurantes ¿No? Para eso servían, al menos.
Gracias por seguir ahí una semana más.





Los vínculos que establecemos con los seres vivos que nos importan hacen que cuando uno de ellos deja de estar físicamente, la ausencia sea grande. A mayor vínculo, mayor la ausencia. Te mando un abrazo y un buen paquete de ánimos. Me alegra leer que las palabras han estado tan presentes en tu vida y que han vuelto las ganas de ciertas cosas. Un abrazo
Siento lo de Korma! Lo he vivido! Un abrazo