Incomodidades
En estas semanas de ausencia de rutina, de falta de descanso y de mirar al calendario fundamentalmente para ver cuántos días faltan para terminar esta temporada altísima de trabajo he tenido, sin embargo, bastante tiempo -trayectos de coche, noches de hotel- para pensar en qué me hace cambiar de opinión.
La ausencia de rutina me ha llevado a sitios así últimamente
Me refiero a lo relativo a mis gustos, a cosas que hace diez años me atrapaban y que ahora detesto, pero también a la inversa. Hablo también de las certezas, que son, entre otras cosas, un aburrimiento porque acaban por convertirse en un corsé.
“La tradición se ha convertido en el as en la manga cuando hablamos de gastronomía, en ese símbolo intocable al que se alude cuando se necesita un pretexto, en el argumento contra el que no se argumenta, pero también en el cajón sin fondo en el que todo cabe”, escribo en el pequeño libro que acabo de cerrar para Col&Col y que estará en unas semanas en librerías. Perdona que venga a hablar de mi libro, pero si no puedo hacerlo aquí, por una parte, ya me dirás dónde tendría sentido. Y, por otro lado, para una vez que consigo darle forma de párrafo coherente a una serie de ideas vagamente relacionadas, tampoco está de más sacarle partido.
Y eso me lleva a qué es la tradición, para nosotros. Suele ser un “toda la vida” que, en realidad, rara vez es de toda la vida. A veces es también un canon del que nos cuesta desprendernos. Pensemos -la originalidad no es lo mío- en el último disco de Rosalía. Me temo que muchas de las críticas que está recibiendo vienen del hecho de que está rompiendo con su tradición, que es una tradición de poco más de 8 años y apenas tres álbumes, pero es una tradición, al fin y al cabo.
Es una tradición que se ha roto a sí misma cada vez, reinventándose, porque la tradición, aunque nos cueste asumirlo de entrada, es líquida, es fluida y es un proceso de evolución. Lo otro, lo intocable, es, en realidad, arqueología porque tiene que ver con cosas que están muerto.
A mí el disco de Rosalía, hasta donde lo he escuchado, me parece una barbaridad, en cuanto a producción y en cuanto a la capacidad de romper ataduras y hacer algo nuevo que, sin embargo, es capaz, al mismo tiempo, de encajar con su imaginario. Hay algo de Tori Amos, ahí -ese Divinize, por ejemplo- y la influencia de Bjork es, por motivos evidentes, pero no sólo, obvia. En la línea de lo que decía Cindy Lauper estos días, al entrar en el Rock and Roll Hall of Fame, es muy consciente de estar a hombros de gigantes, pero como decía la meoyorquina, también sabe que los suyos son suficientemente fuertes como para soportar a quien venga después. Y eso es realmente excitante.
Lo fácil que habría sido hacer otro Motomami y empezar a facturar y lo bonito que es que haya escogido el camino complicado. No será popular, seguramente, no tanto como podría haberlo sido un disco más previsible, pero será, muy probablemente, parte de nuestra tradición musical, que es algo que tiene muy poco que ver con lo popular.
Digo esto último al hilo del último texto de Albert Molins, porque se detiene precisamente en esto, en lo popular y lo tradicional. Y como no vengo yo aquí a dar una clase sobre el tema, me limitaré a decir que, para mí, la tradición es lo que un grupo -un colectivo, una sociedad, una cultura- decide que es su tradición, ni más ni menos. Suena a obviedad, pero creo que no lo es: es un proceso de asunción y de exclusión, de selección casi siempre interesada, no siempre consciente, de lo que se considera representativo. Siempre pongo el mismo ejemplo: la pizza y el churrasco llegaron a Galicia el mismo año. Uno de ellos se considera ya tradición, de manera mayoritaria, el otro no. Vale la pena pararse a darle una vuelta a los cómos y a los por qués.
Por eso creo que es interesante, también, pararse a entender la tradición como algo formado por capas que se superponen: la tradición cultural en la que naces o en la que vives, la tradición familiar en la que te vas educando. Y la tradición personal, que es algo a lo que vas dando forma y que, una vez más, se basa en lo que eliges y en lo que excluyes.
Estos días descubría a The Novelists:
Como sabes, si me lees desde hace algún tiempo, me gusta mucho la música metal. Y como persona que va teniendo ya unos años, me formé en ella en el metal clásico. Bueno, para ser precisos me formé en la época en la que el Death Metal, el Rap Metal y el Groove Metal tomaban forma y eso me demostró que no había límites, aunque no voy a entrar ahí, porque nos vamos por las ramas y probablemente no es un tema que te interese particularmente.
La cuestión es que el Metalcore, que es el género que tocan The Novelists, no es parte de mi tradición cultural personal. Al principio me provocó un cierto rechazo, pero esa incomodidad no tiene por qué ser necesariamente mala. A veces lo es, claro, pero en otras ocasiones lo que hace es cuestionar mis límites, lograr que piense en por qué eso que estoy escuchando me incomoda o por que, a pesar de que pueda que no sea mi estilo favorito, puede, como me ocurrió con el disco de Rosalía, ser interesante.
Eso, creo, abre el espectro, amplía las posibilidades e impide que mi tradición se necrotice. Para mí, en este caso, es la música metal, pero podría ser la moda, la fotografía, la alfarería o la literatura. Da igual. La cuestión es huir del conformismo, tratar de no anquilosarse, entender que el mundo sigue cambiando y que puedes elegir entre tratar de entender esa transformación o ir perdiendo conexión con la realidad.
Por eso me gusta tanto el festival Cineuropa, que estos días se desarrolla en mi ciudad. Me lleva a películas que, tal vez, no vería en otras circunstancias. Eso me descubre cosas y con frecuencia hace que me pregunte por qué sí, por qué no o por qué, sencillamente, no habría comprado esa entrada en otra situación.
Y por esa razón me aburren enormemente los restaurantes que se repiten a sí mismos, los que basan su oferta en mirar a los lados y los que van a la jugada fácil, que son muchos. A veces, es cierto, me gusta ir a algo reconocible y confortable, sentarme y disfrutar de platos o de productos que conozco y que me hacen sentir en casa. Otras, prefiero que me incomoden un poco. Es una incomodidad que no tiene que ver necesariamente con la provocación, sino, más bien, con lo inesperado, con la sorpresa y con las dudas; con la originalidad y con el estilo personal, esa rareza.
Ultimo estos días un guión. Nunca había escrito uno. Y eso me incomoda, pero lo prefiero a lo confortable, porque ahí, en lo fácil, es sencillo acomodarse, repetirse y caer en la rutina, mientras que aquí, en esta incomodidad, estoy aprendiendo y experimentando como hace tiempo que no lo hacía. Otra cosa es que salga bien, que es algo que veremos dentro de un tiempo, pero el proceso me está gustando.
“La tradición no es una esencia fija ni venerable: es movimiento, intercambio y consenso. Es, en realidad, la forma en que decidimos contarnos y reconocernos”, escribía hacia el final del capítulo. Y yo elijo que la mía sea incómoda y cambiante, porque es ahí donde me reconozco.
Gracias por seguir ahí una semana más.


Yo, ya me conoces, más que hablar de cocina tradicional y popular, cosa que dejo para los que sabéis, me interesaba atizar a alguien en concreto😂😂😂😂 Aunque con esto “la tradición es lo que un grupo -un colectivo, una sociedad, una cultura- decide que es su tradición, ni más ni menos”, no puedo otra cosa que estar de acuerdo. Y añadiré que tradicional no tiene nada que ver tampoco con propio e identidad. Pero este ya sé que es un jardín espinoso.
Un saludo a Hobsbawm