Final de curso
Korma y los espacios de desconexión.
Después de unos años aprendes a reconocerlo. En algún momento, pasada la semana santa y el pico de trabajo que suele suponer el mes de mayo, llega el agotamiento.
Lo curioso es que no llega tanto en forma de cansancio como de desánimo. Es un constante ¿para qué me habré metido yo en esto? un ¿qué sentido tiene? ¿por qué dije que sí a esta salida? que se instala durante unas semanas y que desaparece luego, poco a poco, con la bajada de ritmo del verano, las tardes a la orilla del río y la posibilidad de leer por placer que durante estos últimos meses de la temporada se ve bastante limitada.
“¿No querías ser escritor?” Me dijo mi madre durante una de esas comidas en las que me quejaba de la presión y de los compromisos. Porque este año esa sensación de bajón de junio llega amplificada por la escritura de dos libros, De Lentejas y Caviar y Comer con los Ojos, el guion -y rodaje- de un documental, la revisión de un libro más que está ya casi ahí, finalmente, y los primeros borradores del que vendrá después.
Todo eso se suma a casi 10.000 km. de coche esta primavera. A Granada, a Mérida, a Évora, a San Sebastián, a Cáceres, a Baeza, a Cartagena y a las horas habituales de escritorio que uno va sacando de aquí y de allá, de donde puede, cuando puede.
Hace una semana estaba subido a un escenario en Vegadeo. Un par de domingos antes, atravesaba la Sierra de Gredos en coche. Ayer llegué en tren de Zamora. Los lunes son días de entrega de textos, que el martes se publica. Y los viernes lo mismo, haya o no haya algún evento, algún acto o alguna convocatoria que lo complique.
Es trabajo, y es un lujo de trabajo y sé que soy un privilegiado, pero los kilómetros, los escenarios, las mesas redondas se acumulan, a estas alturas del año. Llevo una semana peleando con un clip de video que tengo que grabar y que se me está atascando. Porque este año sumo otro factor más a la ecuación. Escribir libros es fantástico, publicar varios en un año es un privilegio raro. Sé que no volveré a tener otra temporada como esta 2025-2027 en términos editoriales, pero las tareas de promoción se acumulan desde febrero y cuando acabaron las presentaciones de uno, comenzaron las entrevistas de otro: a las 10:15 te llaman del periódico, mañana entras en directo en la radio, contesta este cuestionario antes del jueves y graba luego un video en clave desenfadada, si puedes. Siempre interesante, siempre ingenioso, siempre sonriente, natural y bien dispuesto, informativo y documentado, pero sin resultar denso.
Y así llega junio, entre privilegios que se te acumulan sobre los hombros, noches de hotel que se suman y comidas sentado en una roca en el monte porque no tengo ganas de otro restaurante más. El otro día, me senté en un banco del andén de una estación, sólo. Y pude no hacer nada durante 20 minutos. Nada. Ni un correo, ni un Whatsapp, ni una nota en el móvil. Hacía calor y estaba cansado, pero fue un momento raro de paz.
Pero no venía yo hoy a hablar de eso, sino de cómo tengo la sensación de que para mucha gente que, como yo, por diversos motivos, siente un cansancio acumulado, hay toda una serie de lugares refugio que permiten, por un momento, dejar esa mochila a un lado.
Hace 20 años tenía un blog. Lancé una convocatoria desde él sin saber muy bien qué repercusión iba a tener. Tenía un compañero de trabajo al que le gustaba ir a restaurantes, como a mí, y poco más. Sin darnos apenas cuenta nos juntamos, en pocos días, unas 20 personas, con edades desde entre los menos de 30 y los cerca de 60, con la única intención de ir a comer juntos, de conocer sitios nuevos y de planificar en conjunto la siguiente visita.
Gente de todo tipo, de distintos lugares, con diferentes intereses, con capacidades adquisitivas muy diversas. Yo, en aquel momento, tenía una beca equivalente al salario mínimo del momento, que ni de lejos equivalía al actual, y a mi lado había gente con empresas de éxito, periodistas, profesores, funcionarios, otros en situaciones parecidas a la mía. Nos juntábamos por el placer de juntarnos, quizás también por el de dejar atrás por unas horas todo lo demás. Nos reuníamos de igual a igual, del mismo modo que tratábamos de que fuese así con los cocineros de los restaurantes que visitamos, algunos con estrella, algunos casas de comidas, algunos el comedor de un alojamiento rural.
Era el hecho de planificar, era la organización; la posibilidad de salir de la rutina, de citarnos alrededor de algo que compartíamos. Era el acontecimiento, lo excepcional. Y lo excepcional lo era porque era especial, único, algo en lo que se había trabajado, no porque costara más o menos.
¿Cuándo se fue al garete aquello, en mi opinión? En el momento en el que desapareció esa forma de hacer la cosas en común; en cuanto hubo posibilidades de dinero, o de prestigio, o de contactos o vete a saber qué. Desapareció justo cuando dejó de ser ocio, un lugar en común con otros, un refugio o un respiro y empezó a derivar hacia otra cosa.
Con frecuencia encuentro algo parecido a lo que buscaba ya hace dos décadas, aunque a otra escala, en los conciertos, en esa capacidad de transformarnos al cruzar la puerta en algo distinto: ahí dentro, en la sala, en el estadio o en el parque en el que se celebra el festival ya no soy “Jorge, el señor que escribe, el que mañana tiene que entregar un texto y comenzar otros tres” y el de al lado no es un administrativo, una cirujana o un informático de un ministerio. Dejamos de serlo para ser parte de un público que forma parte de algo -un algo que se rompe cuando empezamos a segregar zonas VIP, espacios preferentes, experiencias premium y demás, de las que podemos hablar otro día-.
Ahí participamos de una experiencia colectiva, probablemente anticipada, acariciada durante tiempo, que nos ha supuesto una cierta logística, mayor o menor esfuerzo y una dosis significativa de ilusión. Es un negocio, sí. Es consumo puro y duro, quizás. Es decir, sí, aunque con matices. Pero es algo más. Y cuando deja de serlo, cuando pierde ese algo más intangible, pierdes el interés.
Algo así me ocurre con los restaurantes. No voy a ellos a comer. No sólo, al menos. Voy por el placer de ir, por la experiencia, por las horas de suspensión de la realidad, por la parte escenográfica que implica un comedor, por algo de lo que soy parte. Voy por la cocina, claro, pero también por el disfrute, que es mucho más que un plato. Voy, y me entrego, y quiero creer, siempre que sienta que además de una transacción comercial hay algo adicional: un diálogo, algo que se construye en conjunto, una intención de contar, de transmitir de ser, también por su lado, parte de algo que puede ser un lugar, una cultura, una narrativa…
¿Por qué llenamos a los restaurantes en nuestro tiempo libre y estamos dispuestos a gastar más que el coste del producto y la mano de obra? ¿Por qué aceptamos las incomodidades que a veces supone, la planificación para llegar a una hora concreta, los costes añadidos -gasolina, billetes de transporte, parking, a veces noches fuera- y otras molestias? Porque no estamos comprando solamente comida, como cuando vamos a un concierto no compramos únicamente una música que es probable que escuchemos mejor en casa.
Cuando decidimos pagar el triple de lo que nos valdría a nosotros un plato de cecina en nuestra casa, no lo hacemos por la cecina sino por todo lo que la envuelve. Pagamos la cecina, el servicio, el trabajo de localizarla, conseguirla y emplatarla en las condiciones idóneas. Y pagamos mucho más, cosas como la comodidad, la despreocupación de no tener que encargarnos nosotros, la atmósfera, el sentirnos parte, la curiosidad, las relaciones más o menos fugaces -las pequeñas conversaciones con el equipo, a veces con el cocinero-, las charlas posteriores sobre esa visita, la anticipación, si todo fue bien, de la próxima, el descubrimiento, la sorpresa, la satisfacción de que las cosas transcurrieran como habíamos imaginado, el recuerdo; el hecho de sentirnos, en cierta medida, valorados, apreciados por haber optado por aquello entre todas las otras posibilidades, el haber disfrutado de algo que alguien pensó para que lo disfrutásemos.
Por eso la desgana, la previsibilidad y la rutina rompen la ecuación, del mismo que lo hace la visión estrictamente comercial o la sensación de que alguien te quiere sacar unos euros más a toda costa. No son esos euros -a veces sí, pero no siempre- sino la sensación, la impresión de que algo se deja de lado a cambio de ese puñado de monedas, de que aquel pacto tácito en el que tú estás dispuesto a pagar más por todo eso que envuelve al plato y quien lo prepara está dispuesto a ofrecer algo más, ya no existe y, si lo hace, ya no es equitativo.
Creo que son las mismas razones por las que estamos dispuestos a gastar 25€ en una novela, 39€ en un recetario del que quizás nunca preparemos ningún plato, 80€ en la entrada de un concierto. Por eso estamos dispuestos a pagar una entrada al teatro. Porque hay un intercambio -yo pago y tú me cubres una necesidad- pero queremos creer que va a haber algo más: un punto de encuentro, una pasión compartida aunque para algunos de los implicados sea un oficio o un negocio y para otros un gasto, una pausa en la rutina, una voluntad de formar parte de algo.
Eso, que tantas veces se olvida, es lo que nos convierte en seres sociales y a los conciertos, los restaurantes, los libros o las obras teatrales en parte de nuestra cultura y no sólo en la prestación de un servicio de un modo eficiente. Entre otras cosas porque la mayoría de esos conciertos, libros o platos son de todo menos eficientes desde un punto de vista estrictamente lógico.
Es ahí, en la parte que escapa a la lógica, donde nos gusta encontrarnos. En lo emocional, en lo afectivo, en lo que nos acoge y, de algún modo, nos arropa. Y es ahí, también, donde creo que en momentos como el actual, con una crispación ambiente que casi se puede tocar, con cierta incertidumbre y, como en mi caso ahora, con cierto cansancio acumulado, encontramos refugio. Por eso las terrazas están más llenas que nunca -estoy convencido de que mucha gente querría, también, que lo estuvieran los restaurantes, pero ha habido ahí una cierta fractura que lo impide. Y de eso, también, podemos hablar en otro momento- por eso todos los indicadores dicen que se lee cada vez más y se edita cada vez más y más diverso.
Por eso, cuando sentimos traicionado ese pacto tácito no lo arreglamos simplemente cambiando de lugar, sustituyendo al proveedor de esa experiencia por otro. Nos sentimos, en cierto modo, traicionados. No habíamos pagado para eso.
Quizás eso explique mi sensación agridulce con algunas -con otras no- visitas a restaurantes más o menos recientes, la decepción abierta y sin paliativos en otros: llegaba buscando aquello que me hace disfrutar de salir a comer como de leer, ir al cine o comprar una entrada para un concierto un día cualquiera y me encontré con la previsibilidad, con los atajos, con los recursos fáciles, a veces con ese euro más que lo arruina todo.
Y aún así, esa idea del restaurante como refugio, tan contemporánea, por otro lado, pervive.
Korma
Korma, nuestro gato, se está apagando.
No cuento esto buscando la condolencia. Lo hago como parte de un momento. Lo hago porque me afecta, claro. Porque se me nota, a veces estoy sin estar del todo, y porque me hace pensar.
Nosotros no elegimos a Korma: él nos eligió a nosotros. Hace 13 años, cuando vivíamos en la costa y no atravesábamos el mejor momento -no sé si mucha gente lo atravesó en aquel 2013- salió un día del bosque que había frente a casa, al otro lado de la carretera, y se instaló en nuestras escalera, diminuto, con la barriga inflada por los parásitos, quizás con no mucho más de tres meses.
No sé si se perdió o si lo habrían abandonado, pero cruzó la carretera y se quedó. Le dimos de comer, porque pensamos que no duraría más que unos pocos días. Y aquí sigue, a nuestro lado -literalmente. Ahora mismo está, como cada ve que me siento frente al teclado, tumbado a menos de un metro- 13 años más tarde.
Es bonito tener un animal de compañía, verlo crecer contigo, convertirse en parte de tus días. Hay algo en compartir tu vida con un animal que quizás no todo el mundo entiende, pero que tiene mucho de limpio y que se convierte en tu casa, en tu familia y en tu paisaje cotidiano. Pero hay un momento en el que ese animal comienza a envejecer más rápido que tú. Ves cómo se hace mayor, como se acomoda, cómo va teniendo un carácter que empieza a ser diferente, a caminar un poco más rígido y a pasar horas en la ventana, como un señor que se asoma a las obras desde la valla, sin muchas ganas de que le den la lata. Hasta que, si todo va bien, un día te dicen que la cosa se va a terminar. Y hay un desconsuelo, ahí, un hueco, que yo, al menos, supero con bastante dificultad y aún más esfuerzo.
Tiene que ver, creo, con la pérdida, pero sobre todo con la incapacidad de razonar. Sabes algo que el otro, el sujeto, no sabe, no puede saber. Es eso, la imposibilidad de explicar, la que termina de derrotarme. Lo he vivido antes, con Merlín, con el Monecho. Sé lo que me cuesta y sé que, en parte, va a estar ahí ya siempre, ese vacío.
Aún así, con lo que me apena, trato de vivirlo como lo que en realidad es: la confirmación de que ha tenido una vida feliz, de que estaba destinado, seguramente, a durar unos pocos días en el bosque y ha pasado años a nuestro lado. Se apaga, poco a poco, sin dolores, sin más molestias que esa pastilla que hay que darle a la fuerza todas las mañanas -la incomprensión, otra vez- y lo único que cambia es que cada día pasa menos tiempo jugando y más horas tumbado sobre esa mochila de plástico, colocada a mi lado, que le encanta. Y es duro y es triste, pero también es reconfortante, de algún modo, saber que tú lo elegiste, como él te elige a ti.
No quiero recuerdos melancólicos, aunque estos días me resulte inevitable caer en ellos. Es un gato. Sólo es un gato. Sólo es un gato, como yo soy sólo una persona. Es eso, seguramente, lo que me toca: esa relación entre dos seres tan distintos y que no se basa en algo racional. Eso es algo que a mí, que trato de racionalizarlo todo, me desborda y me parece precioso. Siempre he establecido con los animales relaciones más profundas y más cariñosas que con el 98% de las personas que me rodean. No sé si esto es bueno o es malo y estoy seguro de que un psicólogo tendría mucho que decirme sobre ello. Simplemente es.
Korma se apaga. Sin dolor, sin traumas. Pronto llegará otro gato, mucho más joven, a convivir con él y con Negroni hasta que en algún momento vuelvan a ser dos. Y es bonito, y es duro, pero sobre todo es lo que es, algo a lo que no puedes hacerle mucho más que decidir cómo encararlo.
Y en estos días tristones, como de nubes pesadas todo el tiempo, también esos lugares seguros de los que hablaba más arriba me ayudan. Entre veterinarios, pastillas, cajas de comida nueva, a ver si remonta un poco, unos días más que ganamos, estar pendiente de sus movimientos y de sus cambios de humor, desconectar, pensar en el plato, también me salva. Una tapa hace dos días en Zamora -unos tiberios en el Bambú y una tortilla en el Chillón-, una receta nueva, de esas que me descolocan en el mejor sentido, en Gunnen; una ración de jamón en algún lugar en Tierra de Campos; un café, abajo, en el barrio, con amigos, son un paréntesis que se abre por un rato. Luego vuelvo a casa. Korma sigue ahí, en su mochila, sin saber qué ocurre y por qué estos días le hacemos más caso que nunca ni ser consciente de la compañía inmensa que ha supuesto todo este tiempo. No sé si serán horas, días o unas pocas semanas lo que nos quede. No mucho más, en cualquier caso. Pero qué contento estoy de haberlo vivido. Ha sido y es, como esos espacios de los que hablo, como su compañero Negroni, un lugar seguro al que quieres volver.
Gracias por seguir ahí una semana más.









És estiu, sí. Però mentre et llegia era hivern. Una abraçada, Jorge.
Qué bien explicado eso de los lugares seguros. A veces no son un restaurante, un libro o una conversación. A veces son simplemente alguien que lleva años esperándote al volver a casa.