Dos citas
Al final va a ser todo culpa de la pereza
Hay una idea que me obsesiona particularmente, en estas semanas en las que tiendo a lo obsesivo en general, y que tiene que ver con la manera de mirar al mundo.
Las personas serias son, ante todo, inmorales,
escribía Pasolini en 1975 (recogido en sus Cartas Luteranas). Y aunque él acaba yendo hacia otro lado, esto me hace pensar en que hay dos formas de estar que reduzco al asombro y la censura. Esta última es la que nos han enseñado que es la seria, la importante. La autoridad no sonríe, porque está ocupada en juzgar.
Y, bueno, yo ahí discrepo. La autoridad debería ser capaz de ver más allá, no necesita censurar todo el tiempo, enfadándose por ello, para demostrar su validez; la autoridad no tiene -no debe- que demostrar que lo es permanentemente. La autoridad, si la hay, no es, en resumen, algo que te otorgues tú. Aunque frunzas el ceño, que es una manera de ponerse el disfraz de señor importante bastante pueril, por mucho que la hayamos naturalizado.
¿Recuerdas a los hombres grises de Momo?
Es algo que me parece perezoso y, sobre todo, reaccionario. Decir que todo está mal, que los demás se equivocan, que no están al nivel me parece, además de injusto en la mayoría de los casos, mucho más fácil que hacer tú algo, que explicar por qué eso está mal y cómo podría estar mejor. Si crees que se puede hacer más, mejor o de otra manera, hazlo y, puestos a pedir, deja de quejarte. Sobre todo porque esa pereza, es contagiosa.
Es contagiosa porque resulta aburrida, te cansas rápidamente de verla porque sabes por dónde va a venir y acaba convirtiéndote en perezoso a ti también.
Y es reaccionaria porque no propone, porque no construye. Porque censura, porque pretende marcar unos límites que yo creo que hay que derribar a patadas. Porque, en realidad, tienda a estar convencida de que hubo un tiempo mejor, que no es este, y de que las cosas importantes ya se saben y ya están ahí, y así poda la posibilidad de avanzar. Porque trata de que el miedo, la inseguridad, el temor a la crítica, a la censura, acaben por desactivar cualquier intento. Y eso incluye los intentos que no llevan a ningún lado, pero también, de rebote, muchos que nos harían falta, no sólo porque aporten conocimiento sino -casi diría que sobre todo- porque nos divertirían.
Porque lo hace, estoy convencido, desde una cierta inseguridad, no le vayan a mover los marcos. Como mi gato cuando ve venir, el pobre, a la otra gata de la casa por el pasillo y pone cara de ofendido, a ver si cuela, porque en realidad está cagadito.
Creo que si la seriedad está sobrevalorada, el entretenimiento, la ligereza, la divulgación, el despojarse de importancia deberían ser la base. En la vida en general, pero aún más en lo creativo, me da igual si hablamos de escribir, de arte, de cocina, de música o de la manera de vestirse.
No hay nada peor que un libro que se pretende importante, nada más aburrido que una visita a un restaurante que resulta previsible por ese miedo a salirse del camino, a equivocarse, a ir por otro lado. Hay pocas cosas más tediosas que una película convencida de su trascendencia. Hola, Nolan ¿Cómo lo llevas?
Las personas serias son inmorales, porque capan posibilidades, porque restringen el campo de juego y porque creen tener el derecho a decidir qué puedes y qué no puedes hacer. Pero aún más que inmorales, me permito aquí apostillar a Pasolini, lo que son es una pesadez.
El asombro, sin embargo, me parece maravilloso, porque es asumir que no lo sabes todo, que conservas la capacidad de sorpresa; porque te hace dudar, porque te genera preguntas. Y no hay nada que me guste más que algo que me hacer querer saber más. Lo pensaba ayer, mientras escribía una nota sobre el Premio Nacional de Gastronomía de Pedrito Sánchez, del restaurante Bagá, al acordarme de su alga nori a la Meunière, uno de esos platos que me hicieron pensar ¿Pero qué le pasa a este hombre en la cabeza? desde una sorpresa que me hizo reír, querer saber más, entender lo cómo y los por qués. Su respuesta -“Porque es que a mí me gusta”- me pareció, también, una maravilla por su ingenuidad, por su falta de ínfulas y porque no podía ser más cierta.
La sorpresa es lo contrario a la censura porque te da un empujón: ¿Quieres saber más? Pues pregunta ¿Necesitas aprender cómo se hace, o por qué voy por este lado y no por el que imaginabas? Bien, porque ahí podemos hablar.
El asombro es la único que hace que las cosas evolucionen. Y por eso, creo, nos hace sonreír. La seriedad, por contra, es algo que nos ata a lo genérico. Y eso me lleva a la segunda cita:
La arquitectura nunca es genérica. No hay dos edificios que se construyan en el mismo lugar, al mismo tiempo, para la misma gente. La inteligencia arquitectónica debe ser, por lo tanto, adaptativa y tener su base en el contexto.
Este texto en Architizer habla del uso perverso de la tecnología. Y yo añadiría, a eso de perverso, perezoso ¿El ejemplo más obvio? Los dichosos cartelitos generados con inteligencia artificial, la publicación que te ahorra diez minutos y que, de paso, extiende la estética de churrasquería de polígono.
Esto vale, una vez más, para publicaciones de baratillo en tu Instagram, pero también para el reportaje vago que coge un atajo que le ahorra tiempo, para el plato desganado, que se parece a otros y que lo fía todo al recurso técnico/tecnológico que provoca bostezos solamente con pensarlo, por muy bien que (creas que) sale en la foto.
Vale para el trabajo de documentación, que es largo, que a veces es frustrante, pero es el que hace que acabes manejándote cómodo, aunque solamente saques un detalle en la imagen, porque conoces lo que hay a su alrededor.
Pero la mía, como la de Architizer, no es una postura ludita:
Si usamos la tecnología para conectar, organizar y capturar el conocimiento interdisciplinar en una fase temprana del proyecto, estamos generando tiempo para la reflexión posterior.
Lo cual me lleva hacia tres cosas: el conocimiento compartido, la mirada pluriperspectiva y la visión democrática. El primero tiene que ver con el código abierto, algo que me creí en su momento, cuando se hablaba de ello en un sector culinario que venía de jefes de cocina que escondían su libreta de recetas o que se daban la vuelta para añadir tal o cual ingrediente. Me lo creí, aunque luego fui descubriendo que ni tanto ni tan bonito, que hay recetas publicadas que omiten pasos o falsean cantidades. Pero la convicción sigue ahí, que es lo que importa.
La mirada desde varios frentes la traigo de serie, me temo. Al menos desde que me empeñé en centrar mis estudios de postgrado en arte prehistórico, cuando en el departamento de historia del arte de mi universidad me decían que no, que eso era arqueología. Acabé en Madrid, con una directora cordobesa, y lo acabé haciendo. Se podía (inserte expresión de sorpresa aquí). La llevo encima desde que decidí que, historiador del arte como era, quería escribir. Y hacerlo no sobre arte para dedicarme a hacerlo, fundamentalmente, sobre gastronomía. Creo que eso es algo que suma al conjunto, porque aporta una mirada desde un lugar distinto. Ojalá más gente que lo haga desde sitios diferentes. Por eso me empeño en hacerlo. Por eso mucha de las firmas a las que más me gusta leer vienen de otros lugares, no de la cocina, no del periodismo; hablan desde las humanidades, desde la historia, desde la antropología…
Y por eso, creo, me gustan tanto algunos restaurantes que no son de cocineros sino de gente que viene de otros lados, de otros bagajes, y que llega, aprende y aporta lo suyo. Por eso, también, me gustan los ejercicios que no aspiran a la perfección, porque la perfección tiende a basarse en imitar un modelo que se considera perfecto, en la repetición y en la réplica; en el modelo preestablecido mientras que la originalidad exige una visión diferente, equivocarse a veces, e ir tirando por otro lado que a veces, es cierto, no lleva a ningún lugar, pero qué cosa fantástica cuando resulta que sí, que era por ahí.
La pizza de Fede en Vucciria, por ejemplo, no es perfecta, pero es la suya y siempre me arregla el día
Lo de la visión democrática, por último, viene de aquella idea de la democracia cultural en la que me formé como gestor del patrimonio cultural y en la que sigo creyendo, aunque hayan pasado tres cuartos de siglo desde que se propuso. Porque la cultura -llámale libros muy importantes, llámale cocina tradicional, música del género que más te apetezca- no es un coto cerrado, no tiene una cerca alrededor sino que te incluye a ti (y a mí), lo que comes, lo que escuchas en el coche, el bar de la esquina, la librería del barrio y la obra de teatro de segunda que se representa en el auditorio municipal de tu pueblo. Y ahí, estoy convencido, es mejor si somos muchos, si metemos la pata a veces y somos capaces de reírnos de ello.
Lo otro, la visión severa que sólo acepta la excelencia -decidida por los mismo que censuran- no sólo es irreal sino que es una construcción para dejarte fuera, que mira desde arriba -yo sí y tú no, ya sabes-; para que no puedas ser parte activa, para que no decidas y te limites a consumir, a comprar, a asistir, normalmente previo pago, a lo que alguien te diga que es bueno.
Bastante tenemos con trabajos que nos ahogan -no a todos, no de la misma manera, pero me entiendes- con un contexto que nos impide muchas cosas en demasiadas ocasiones, con los sustos, los disgustos y las miserias que nos tocan a cada uno, que son muchas y muy diversas, como para empeñarnos, además, en la cara de culo. Que yo esto aquí -en el restaurante, en el cine, tecleando esto, viviendo de lo que vivo- para pasarlo lo mejor posible, si puedo elegir. Y me cuesta, de verdad, entender a quien opta de manera activa por lo contrario.
Eso no implica que no haya cosas mejores, más interesantes o más influyentes, por supuesto. Por mucho que esas categorías dependan, en buena medida, de criterios subjetivos. Y como yo estoy, como decía, más por el asombro, acepto que haya esos criterios, pero explícamelos, convénceme, hazme sonreír cuando me dé cuenta de que estás consiguiendo llevarme a tu terreno. Porque yo voy a intentar hacer lo mismo. Y porque es más que posible que, en el proceso, lo pasemos bien, que al final es de lo que se trata.
Gracias por seguir ahí una semana más. La próxima, toca mapa.



La perfección es aburridísima y su búsqueda, fuente de insatisfacción. Qué delicia leer tu levemente imperfecto artículo, me ha hecho cuestionarme algunas cosas, muchas gracias.
¿… y si fuera el ego en lugar de la pereza?