Domingos
Notas desde el coche.
Cinco horas para llegar al restaurante. Madrugón de domingo debido a un viaje de trabajo que alargamos un poco más, porque el desplazamiento tengo que hacerlo, pero el domingo, al menos este, es mio.
Escribo desde el coche. Cinco horas para desviarnos de la ruta e ir a comer en un restaurante vegetariano. Es un sitio que me apetece desde hace tiempo, pero al que ir hoy me hace sentir, en esta época en la que una parte de mi mundillo se empeña en crear una polémica respecto al consumo de angulas, como si optando estuviera tomando una posición. Que si hace falta, pues sí, la tomo, pero es que no veo qué falta hace siempre y en todas partes.
Es curioso este sector mío con su capacidad para subirse ao cualquier barco que se hunde - llamémosle angulas, llamémosle tabaco en el comedor, o en la terraza; llamémosle alcohol y coche, llamémosle resistencia a los derechos laborales y una cierta apología, de vez en cuando, de la explotación- y abrazarlo frente a todo y frente a todos. Es curiosa su capacidad de hacer de bebidas de alta graduación, carnes rojas o especies en riesgo crítico de desaparición campos de batalla, banderas de no tengo muy claro qué. O si, lo que quizás es peor.
Ha habido una reacción, tardía, creo, respecto al consumo de angulas. Y otra, correspondiente y en sentido inverso, o centrada en buscar las inconsistencias de ese dedo que señala a la luna, impermeables a una evidencia científica que señala en otra dirección. Y no deja de ser un espectáculo, iba a decir que interesante, pero no lo sé. Un espectáculo, sí, eso seguro.
Escribo esto siendo una persona a la que le gustan, y mucho, las angulas, aunque ahora estén absolutamente fuera de afuera de mi alcance económico; consciente de que hace menos de dos años -cuando no conocía los datos- publicaba menús con no uno sino dos platos con estos alevines.
Pero esto no va de angulas, ni de mis gustos, ni de un cierto gusto gremial por el terraplanismo ni de señalar a quien sea, sino de cómo aquí y ahora elegir un restaurante vegetariano sigue sin ser elegir un buen o mal restaurante sino, hasta cierto punto, hacer un proclama, algo que no ocurre cuando optas por un restaurante de carnes, o de pescados, o de guisos al carbón. Esos son restaurantes, sin más, pero un vegetariano es una posición, un dedo metido en el ojo de alguien.
A mí, en cualquier caso, hoy lo que me apetece comer rico, hacer de un viaje obligatorio una escapada, en la medida de lo posible. Y curiosear. Mi vida es así buena parte del tiempo. Y encontrar esos resquicios se ha convertido en una manera de traerla a mi terreno. Cuando no hay rutinas, ni horarios ni demasiadas previsiones, te especializas en buscar los resquicios, en identificar las oportunidades que eso te pone delante. Hoy es un restaurante vegetariano instalado valle arriba, pero es también el desvío, el frío en la ruta, el esfuerzo para encontrar un buen café en el camino.
Pensar esas opciones, colocarlas en un mapa, es parte del placer. Hay quien piensa en imágenes. Yo lo hago, en cierta medida, pero pienso sobre todo en mapas, en capas que se solapan y se superponen sobre el terreno creando significados que puedo, luego, convertir en puntos sobre unas coordenadas y ubicaciones sobre líneas de altitud.
Por eso puse en marcha el Atlas de las Carreteras Secundarias. Y por eso hoy madrugamos para tomar ese desvío.
Gracias por seguir ahí una semana más. Saludos desde algún lugar del oriente asturiano.

