Boligrafos
No puedo evitar llevarme los bolígrafos de los hoteles. Cualquier bolígrafo, cualquier hotel. Da igual que, al cogerlo, pueda notar que va a durar poco o no va a escribir bien. Acaban en un bolsillo en mi mochila y, poco después, en una taza en mi escritorio, junto al monitor del ordenador, de la que probablemente ya no saldrán hasta que dentro de dos o tres años haga limpieza, compruebe que ya no escriben y termine por deshacerme de ellos.
Tiene que, ver, me temo, con mi infancia. Cuando yo estaba en primaria, en Santiago, es decir, en el trayecto entre mi casa y el colegio, que era poco más o menos a lo que se reducía el mundo conocido, había solamente dos tiendas de productos de escritorio. Había también una papelería, pero esos sitios en los que podías comprar un lápiz, unas gominolas o la Tele Indiscreta me parecían de segunda.
Las dos tiendas eran de esas en las que te tenías que plantar frente al mostrador y pedir exactamente lo que querías que, además -hablo de antes de la entrada de los productos fabricados en Asia en nuestra vida- no era por lo general particularmente barato. Querías un bolígrafo ¿Pero qué bolígrafo? ¿de bola o de punta? ¿grueso, fino o intermedio? ¿de qué color? ¿para qué es? ¿para papel o para cartulina, para escritura o para dibujo lineal? Por supuesto, no podías probarlos. Eso limitaba bastante las opciones.
Mi padre fue bibliotecario toda su carrera profesional, lo cual quiere decir que mi material de escritura, más allá de los básicos, se componía fundamentalmente de bolígrafos de publicidad que le daban los representantes de editoriales o, de vez en cuando, de material que la gente se dejaba en la biblioteca y al que, tras un tiempo en objetos perdidos, si nadie lo reclamaba y antes de deshacerse de él, tenía acceso.
Eso, en mi cabeza de chaval de 10 años, era fantástico. Me influía mi otra experiencia con las cosas que la gente pierde. La familia de mi abuelo materno fue propietaria de una empresa de autobuses que tenía, también, un departamento en el que se almacenaban las cosas que los viajeros se dejaban en los asientos y al que mi abuelo, con su tendencia a espectacularizar las cosas -otro día contaré cuando quiso bajarse del avión vestido de E.T.- nunca llamó “objetos perdidos”.
Muy de vez en cuando, mi abuelo me preguntaba si quería ir con él a la empresa, porque ese día iba a pasar por “Efectos Especiales”. Es fácil imaginarme, con la música de Regreso al Futuro sonando en mi cabeza mientras me montaba en el coche para ir al polígono industrial, a las afueras.
Porque Efectos Especiales no era un cuartito en el almacén de las cocheras, entre los vestuarios de los conductores y la máquina en la que el abuelo me compraba un vaso de chocolate caliente -había también la opción de pedir un caldo de verduras, cosa que a este niño de los ochenta le parecía una extravagancia que, por desgracia, no me dejaron nunca probar- sino que era un acceso a Narnia, una puerta tras la que cualquier cosa era posible.
Los objetos perdidos de la biblioteca estaban bien: un bolígrafo de esos de tres colores de vez en cuando, un afilalápices de los de dos orificios, clips de los que iban recubiertos de plástico de colores, mucho más sofisticados que los clásicos de metal plateado. Pero Efectos Especiales era otro nivel. Recuerdo pelucas, un secador de pelo, de aquellos de hotel con un tubo que parecía el de la aspiradora, biblias, botiquines, zapatos sueltos -¿Quién pierde un zapato izquierdo bajo el asiento y no se da cuenta?- una pierna de maniquí femenino que acabó en casa y de la que tal vez hable otro día, cintas de VHS con películas de Bruce Lee, un lote de pegatinas de Naranjito.
La cuestión es, volviendo a mi cosa con los bolígrafos, que recibir de vez en cuando un lápiz de mina roja o un Bic Naranja estaba bien, pero no estaba a la altura de Efectos Especiales, sin duda, y además limitaba mis opciones. Siempre tenía un bolígrafo, aunque rara vez elegía yo qué bolígrafo quería tener.
Mis padres tampoco eran muy dados a las excentricidades cuando se trataba de comprar material de estudio. Si necesitaba un marcador fluorescente, tenía que explicar primero para qué lo necesitaba. Quererlo no era suficiente, por lo general. El material de trabajo es para trabajar y lo quieres para algo en concreto. No era tanto una cuestión de dinero o dificultad de acceder a ello, creo, como de una especie de ética o de un sistema lógico que, en cualquier caso, no alcanzaba a comprender.
¿Necesitas un marcador? Está bien. Entonces, un día, íbamos a la tienda que había cerca de casa, la de las chucherías y la Tele Indiscreta, y se compraba un marcador, el básico, que en aquella época era el amarillo. Yo habría matado por uno naranja. Pero esas eran excentricidades, entiendo que con un coste un tanto mayor, probablemente no excesivo, pero sí innecesario. Así que, ni siquiera revolviendo entre los objetos que mi padre se traía a veces del trabajo o los que podía haber en Efectos Especiales -por lo que se ve, la gente no solía viajar en autobús con utensilios de escritura- conseguí tener nunca un marcador naranja.
Del trabajo de mi padre llegaban también, a veces, catálogos de material de oficina, cientos de páginas llenas de archivadores, máquinas destructoras de documentos, plastificadoras ¿Sabías que hay hasta 32 colores de tinta para pluma? Da igual que yo no haya sabido escribir con pluma nunca, que sea zurdo y que tenga una letra espantosa: los necesitaba todos, por supuesto. Me pasaba horas dibujando en una libreta dónde iba a poner en mi habitación la taquilla con llave, dónde estaría la estantería con los distintos tipos de papel, organizados por gramaje, donde colocaría la destructora y en qué lugar iba a situar el organizador con los bolígrafos y todos los colores imaginables de marcador fluorescente.
¿El resultado? Ahora mismo, mientras escribo, tengo frente a mí marcadores de 10 colores distintos. Hay hasta dos tonos de violeta diferentes. Junto a ellos, bolígrafos tipo Bic de más colores de los que habría imaginado posibles, una docena de bolígrafos Pilot, con puntas de 0.5 y 0.7 y tacos de Post-It de todos los tonos y formas imaginables, ya sean opacos o translúcidos; lápices de distintos grosores y durezas, algunos, incluso, de colores metalizados. Y todos los que se vienen conmigo de los hoteles. Están ellos y la seguridad de que nunca llegaré a utilizar la mayoría, de que muchos se secarán antes de que pueda terminarlos y de que eso, en realidad, no es lo que importa.
Un resumen de lo que llevamos de año:
Comer
El otro día, de camino a San Sebastián, hicimos un desvío. Salimos de la autopista para conducir río arriba hasta Villacarriedo, porque allí, en un pueblo de 1600 habitantes, está Ruda, un restaurante vegetariano que me interesa no tanto por el hecho de serlo, sino por el hecho de serlo allí -hay vida más allá de las grandes ciudades y los centros turísticos, insisto- y porque me llamaba la atención lo que veía que hacen.
Aunque no ocurre siempre, qué gusto da llegar a un sitio y que confirme tus sensaciones. Qué interesante, qué gustoso, qué poco se parece a otros lugares y qué bien de precio ¿Hace falta que diga más?.
También volvimos a Garbo, en Santander, uno de los restaurantes italianos que más disfruto en España. Por su falta de pretensiones, porque todo está bueno y tiene sentido. Y porque Berta y Giorgio son un encanto. Si la expresión “merece un desvío” tiene sentido, es por sitios como estos dos.
También estuve de vinos por León, de pintxos por San Sebastián, comí en Sukaldean Aitor Santamaría -qué buenos los ravioli de paloma con alubias- y en una sociedad gastronómica, pero hoy me apetecía destacar estos.
Leer
Estoy con Malasangre, de Michelle Roche, y me está gustando bastante, pero hoy me quedo con un texto en la newsletter de Lisa Abend, que habla sobre algo que sentimos con frecuencia quienes viajamos habitualmente. Siempre que me subo a un avión pienso que en él hay un cóctel irrepetible de gente que viaja por rutina, otros que hacen sus primera escapada, alguien que está ahí por motivos trágicos -visitar a un pariente enfermo, asistir a un entierro, regresar de firmar los papeles de un divorcio, acortar las vacaciones porque se ha roto un tobillo, recibir un diagnóstico descorazonador- quizás alguna despedida de soltero, alguien que va a ver a sus seres queridos, gente que se va de vacaciones, un par de bebés a los que la presión en los oídos les provoca el llanto y algunas personas que no tienen muy claro por qué, pero tienen que tomar ese vuelo.
Todo es es, cada vez que te sientas en un vagón o que ocupas tu asiento en un vuelo, el telón de fondo para tu historia y, al mismo tiempo, te convierte en el telón de fondo de las historias de otros. Eso, en inglés, se explica con una palabra, Sonder, y lo hace desde hace no muchos años John Koenig la acuño en su libro Dictionary of Obscure Sorrows, que no conocía, que descubro a través de Abend a quien le da pie para un texto sobre Utrecht y que me dispongo a comprar.
Ver
He visto Las Zapatillas Rojas (Michael Powell y Emeric Pressburger, 1948). Qué extraña es aún hoy. Y qué extraña tuvo que resultar por entonces. Aunque, en aquella década que empezó con El Mago de Oz (1939), continuó con Fantasía (1940) y termina con ella, el cine musical tuvo que acostumbrar a su audiencia a cosas bastante inesperadas.
Escuchar
Tengo una cierta simpatía por Rubén Pozo desde la época de Buenas Noches, Rose. Es eso y lo de ser el otro, el que quedó a la sombra, supongo. Me gusta porque veo de donde viene, que en cuestión de música española es un poco del mismo lugar del que vengo yo, y porque da la sensación de estar haciendo siempre lo que le da la gana. Lo cual, sea una pose o sea cierto, es un logro. 50Town, su último disco, se publicó hace un par de meses y, sin ser mi preferido, es absolutamente suyo, lo cual me parece bastante y, por otra parte, por primera vez deja ver una voz de señor de mediana edad que le da una capa extra.
Gracias por seguir ahí una semana más.





Está feo que lo diga yo pero…. los bolis de los NH escriben realmente bien
Me encantó el texto. Gracias ¡Tengo que ir a ese restaurante en Santander! Y ver Red Shoes que siempre me tropiezo con comentarios como el tuyo y no la he visto ¿Has visto The Fall (de Tarsem Singh). Me pareció extraordinaria pero no mucha gente la ha visto y no puedo conversar sobre ella :( Un abrazo y te sigo leyendo.